Los Juegos Olímpicos que acaban de clausurarse han significado una conquista de medallas para los deportistas argentinos numéricamente similar a la de hace cuatro años. Aunque es muy poco lo que queda del "espíritu" con el que fueron concebidos hace más de un siglo, no deja de ser una alegría cuando esforzados deportistas como Juan Curuchet logran coronar con una medalla dorada una trayectoria impecable. Lo mismo vale para la cuarta medalla de Espíndola en estas competencias, acompañado nuevamente por Lange.
También nos contagió la emoción de una mucho más joven judoka, Paula Pareto, al obtener su medalla de bronce.
Los equipos de básquetbol y hóckey sobre césped femenino han revalorizado sus credenciales de seleccionados de primer nivel mundial, producto de una organización de sus competencias que no se observa en otros casos. Sus dirigentes tienen un perfil más bajo que el de un Julio Grondona, que nuevamente festeja un título internacional -el segundo consecutivo en los Juegos-.
El mérito pasó por talentos como Messi, Agüero y De María -revelación de este campeonato-, pero también por la solidez de la defensa y sobre todo por la entrega generosa de Mascherano en la mitad de la cancha. El siempre discutido Juan Román Riquelme aportó su clase en el decisivo partido contra Brasil, cuyo resultado se festejó más que el ajustado triunfo sobre Nigeria.
En el debe quedan algunas decepciones de figuras que habían recibido una desusada promoción -los nadadores Meolans y Bardach- y la pálida actuación de los tenistas, pese a lo que los motiva defender la camiseta argentina en la Copa Davis.
En un balance general quedará sin dudas en un plano principal la actuación de monstruos como Michael Phelps, que sin embargo no logró evitar que los dueños de casa obtuvieran la mayor cantidad de medallas doradas.
Por dos semanas las guerras no ocuparon tanto la atención de la TV mundial. Pero el deporte, como bien se sabe, es un arma eficaz para difundir las bondades de un país. No se exageraría si se dijera que es (otra) continuación de la guerra por otros medios.
domingo, 24 de agosto de 2008
domingo, 17 de agosto de 2008
Una tarde en la (ex) ESMA
Después del anuncio de hace ya cuatro años del entonces presidente de la Nación, aún no existe el tan debatido en ese momento "Museo de la Memoria". Pero uno de los edificios que forman parte del complejo de una institución que fue sede de numerosos crímenes del terrorismo de Estado ha sido rebautizado como "Centro Cultural Haroldo Conti", nombre que, como se sabe, es el de una de tantas víctimas de esos siniestros planes, un reconocido escritor.
El edificio, a primera vista, parece ser uno de los pabellones de un hospital. Es uno de los típicos ejemplos de la arquitectura del primer peronismo, ya que fue inaugurado en 1949. La nublada tarde de ayer convocaba a ocupar un amplio espacio, de un hall central similar al de los hospitales públicos, pero cubierto de sillas, en el marco de las jornadas iniciadas la semana anterior sobre "Literatura y memoria".
Como observó Alan Pauls, que formó parte de un primer panel titulado "Los setenta en la representación", integrado por quienes desde la literatura hicieron una posible recreación de la época, el espacio parecía ser más frío hacia adentro que en los jardines. Martín Kohan, que lo siguió en el uso de la palabra, luego de leer un texto lleno de referencias al niño que él era en esos años y a sus inquietudes que no encontraban respuesta ("¿Por qué dicen esos carteles: 'Prohibido estacionar o detenerse. El centinela abrirá fuego'?), se atrevió a confesar que no podía utilizar un tono satírico para recrear aquellos momentos cuando aún hay niños -hoy adultos- que no saben quiénes fueron sus padres.
Mientras ellos hablaban, se oía el ruido de los motores de los aviones que se disponían a aterrizar en el cercano Aeroparque, y también llegaba el rumor de la pequeña y también vecina cancha de Defensores de Belgrano. Aunque aquel edificio no había sido el centro de las torturas a los secuestrados por los grupos de tareas, no pude evitar relacionar ambas señales con los motores de otros aviones, los que arrojaban los cuerpos convenientemente sedados a las ocres aguas del ancho río de la Plata, y con los estruendos de los gritos de gol en pleno Mundial 78, originados en otro cercano e imponente estadio.
A todos los que estábamos ahí nos habrán pasado sensaciones similares. Pero en la pausa se ofrecía café, recompensado a voluntad por los asistentes, para mitigar el frío. El segundo panel, ya en el anochecer, se ocupó de la cuestión del testimonio y su posible validez, lo que implicaba un posicionamiento muy claro sobre la función del historiador, y por lo tanto filosas objeciones hacia renombrados representantes de cierta "historia académica". La atracción del panel era sin duda la siempre aguda Beatriz Sarlo, pero el joven historiador Javier Trímboli aportó esa dosis de polémica necesaria para encender tales objeciones.
Los sonidos del mundo exterior que entonces empezaron a invadir el amplio espacio fueron los del ensayo de una murga, que ya no pudieron confundirse con los de aviones o gritos de gol. Aunque no alcanzara para que el clima llegase a ser festivo -porque nunca podría serlo en un espacio de gris arquitectura y teñido de fantasmas del ayer aún demasiado reciente- fueron una compañía que no desentonó con las palabras que adentro resonaban.
El edificio, a primera vista, parece ser uno de los pabellones de un hospital. Es uno de los típicos ejemplos de la arquitectura del primer peronismo, ya que fue inaugurado en 1949. La nublada tarde de ayer convocaba a ocupar un amplio espacio, de un hall central similar al de los hospitales públicos, pero cubierto de sillas, en el marco de las jornadas iniciadas la semana anterior sobre "Literatura y memoria".
Como observó Alan Pauls, que formó parte de un primer panel titulado "Los setenta en la representación", integrado por quienes desde la literatura hicieron una posible recreación de la época, el espacio parecía ser más frío hacia adentro que en los jardines. Martín Kohan, que lo siguió en el uso de la palabra, luego de leer un texto lleno de referencias al niño que él era en esos años y a sus inquietudes que no encontraban respuesta ("¿Por qué dicen esos carteles: 'Prohibido estacionar o detenerse. El centinela abrirá fuego'?), se atrevió a confesar que no podía utilizar un tono satírico para recrear aquellos momentos cuando aún hay niños -hoy adultos- que no saben quiénes fueron sus padres.
Mientras ellos hablaban, se oía el ruido de los motores de los aviones que se disponían a aterrizar en el cercano Aeroparque, y también llegaba el rumor de la pequeña y también vecina cancha de Defensores de Belgrano. Aunque aquel edificio no había sido el centro de las torturas a los secuestrados por los grupos de tareas, no pude evitar relacionar ambas señales con los motores de otros aviones, los que arrojaban los cuerpos convenientemente sedados a las ocres aguas del ancho río de la Plata, y con los estruendos de los gritos de gol en pleno Mundial 78, originados en otro cercano e imponente estadio.
A todos los que estábamos ahí nos habrán pasado sensaciones similares. Pero en la pausa se ofrecía café, recompensado a voluntad por los asistentes, para mitigar el frío. El segundo panel, ya en el anochecer, se ocupó de la cuestión del testimonio y su posible validez, lo que implicaba un posicionamiento muy claro sobre la función del historiador, y por lo tanto filosas objeciones hacia renombrados representantes de cierta "historia académica". La atracción del panel era sin duda la siempre aguda Beatriz Sarlo, pero el joven historiador Javier Trímboli aportó esa dosis de polémica necesaria para encender tales objeciones.
Los sonidos del mundo exterior que entonces empezaron a invadir el amplio espacio fueron los del ensayo de una murga, que ya no pudieron confundirse con los de aviones o gritos de gol. Aunque no alcanzara para que el clima llegase a ser festivo -porque nunca podría serlo en un espacio de gris arquitectura y teñido de fantasmas del ayer aún demasiado reciente- fueron una compañía que no desentonó con las palabras que adentro resonaban.
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domingo, 10 de agosto de 2008
El blues de Orteguita
Ariel Ortega fue una de las grandes promesas del fútbol argentino en los años noventa. Cuando a Maradona le "cortaron las piernas", según su gráfica expresión, tuvo que ocupar su lugar en la cancha en los que serían los últimos partidos del equipo argentino en el Mundial de Estados Unidos.
En el mundial siguiente, el de Francia, cuando el seleccionado perdió en los últimos minutos el partido contra Holanda, aún se recuerda su cabezazo al arquero holandés, que le llevaba unos cuantos centímetros de altura. No fue el responsable de esa derrota pero su gesto de impotencia fue emblemático de la tendencia argentina a no aceptar los fracasos.
Su tercer mundial marcó otra decepción, coronada apenas con un gol de penal, en realidad convertido tras el rebote dado por el arquero sueco.
Su carrera en Europa no estuvo tampoco a la altura de sus antecedentes, deambulando por equipos españoles e italianos, hasta que River lo repatrió, y allí recuperó la alegría de jugar. Una nueva transferencia lo depositó en un equipo turco, lo que podría haber sido la puerta de su reingreso a las grandes ligas pero una vez más lo traicionó su dificultad de someterse a la disciplina de un entrenador que pusiera entre paréntesis su talento y le pidiera otra clase de sacrificios. Por entonces no se hablaba con todas las letras de su problema de alcoholismo.
Su abandono precipitado del club de Turquía pareció ser el final de su carrera, pero luego de un tiempo de suspensión, cuando ya había pasado los 30 años, se le abrió una nueva oportunidad en Newell´s, y la exitosa sociedad con el Tolo Gallego tuvo su premio con un título. Nuevamente River se cruzó en su camino, con su padrino futbolístico Daniel Passarella, que tuvo con él la indulgencia que no mostró en otros casos, pero la condición fue que él se hiciera cargo de su enfermedad.
Los resultados no acompañaron a Passarella, y después del "paso a paso" de Merlo llegó Diego Simeone, compañero de Ortega en los tres mundiales que jugó, a ocupar el banco de suplentes de River. Ortega fue decisivo en la obtención del primer campeonato de River tras años de resultados frustrantes, pero lo que debía ser el final feliz se transformó en una nueva zozobra. Simeone lo separó del equipo tras un nuevo exceso con el alcohol, y el "Burrito" pareció acusar el golpe, pero otro escándalo -esta vez ante las cámaras de TV- significó la gota que rebalsó el vaso de una situación inmanejable para los dirigentes de River, a pesar del reciente éxito.
Cuando se hablaba de un futuro destino exótico -que hubiese significado seguramente el alejamiento de toda tentación a la bebida- llegó un nuevo salvavidas para su carrera ya declinante: un equipo -nada menos- de la tierra del sol y del buen vino, pero del ascenso. Será sin dudas una atracción cuando le toque jugar de local, y objeto de curiosidad y acaso de escarnio cuando le toque visitar las polvorientas canchas suburbanas o de pequeñas ciudades del interior, donde recios marcadores lo depositarán en el suelo y muchos árbitros, conociendo su legendaria habilidad para simular infracciones, tenderán a desconfiar de sus caídas.
Él podría decir, con tanta autoridad como Diego, que pagó sus errores, pero que la pelota no se mancha. El mayor desafío no es, para él, si su equipo asciende, aunque los que lo contrataron se ilusionen con esa expectativa, sino que su magia aún pueda brillar antes del inevitable ocaso.
En el mundial siguiente, el de Francia, cuando el seleccionado perdió en los últimos minutos el partido contra Holanda, aún se recuerda su cabezazo al arquero holandés, que le llevaba unos cuantos centímetros de altura. No fue el responsable de esa derrota pero su gesto de impotencia fue emblemático de la tendencia argentina a no aceptar los fracasos.
Su tercer mundial marcó otra decepción, coronada apenas con un gol de penal, en realidad convertido tras el rebote dado por el arquero sueco.
Su carrera en Europa no estuvo tampoco a la altura de sus antecedentes, deambulando por equipos españoles e italianos, hasta que River lo repatrió, y allí recuperó la alegría de jugar. Una nueva transferencia lo depositó en un equipo turco, lo que podría haber sido la puerta de su reingreso a las grandes ligas pero una vez más lo traicionó su dificultad de someterse a la disciplina de un entrenador que pusiera entre paréntesis su talento y le pidiera otra clase de sacrificios. Por entonces no se hablaba con todas las letras de su problema de alcoholismo.
Su abandono precipitado del club de Turquía pareció ser el final de su carrera, pero luego de un tiempo de suspensión, cuando ya había pasado los 30 años, se le abrió una nueva oportunidad en Newell´s, y la exitosa sociedad con el Tolo Gallego tuvo su premio con un título. Nuevamente River se cruzó en su camino, con su padrino futbolístico Daniel Passarella, que tuvo con él la indulgencia que no mostró en otros casos, pero la condición fue que él se hiciera cargo de su enfermedad.
Los resultados no acompañaron a Passarella, y después del "paso a paso" de Merlo llegó Diego Simeone, compañero de Ortega en los tres mundiales que jugó, a ocupar el banco de suplentes de River. Ortega fue decisivo en la obtención del primer campeonato de River tras años de resultados frustrantes, pero lo que debía ser el final feliz se transformó en una nueva zozobra. Simeone lo separó del equipo tras un nuevo exceso con el alcohol, y el "Burrito" pareció acusar el golpe, pero otro escándalo -esta vez ante las cámaras de TV- significó la gota que rebalsó el vaso de una situación inmanejable para los dirigentes de River, a pesar del reciente éxito.
Cuando se hablaba de un futuro destino exótico -que hubiese significado seguramente el alejamiento de toda tentación a la bebida- llegó un nuevo salvavidas para su carrera ya declinante: un equipo -nada menos- de la tierra del sol y del buen vino, pero del ascenso. Será sin dudas una atracción cuando le toque jugar de local, y objeto de curiosidad y acaso de escarnio cuando le toque visitar las polvorientas canchas suburbanas o de pequeñas ciudades del interior, donde recios marcadores lo depositarán en el suelo y muchos árbitros, conociendo su legendaria habilidad para simular infracciones, tenderán a desconfiar de sus caídas.
Él podría decir, con tanta autoridad como Diego, que pagó sus errores, pero que la pelota no se mancha. El mayor desafío no es, para él, si su equipo asciende, aunque los que lo contrataron se ilusionen con esa expectativa, sino que su magia aún pueda brillar antes del inevitable ocaso.
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sábado, 26 de julio de 2008
No llores por mí, Cristina
"Aquí no ha pasado nada", parece decir Cristina, que le pone palabras al cadáver de Evita en un nuevo aniversario de su muerte. El joven Massa, emparentado con un ex referente menemista de la zona norte del Gran Buenos Aires, ha empezado su servicio a la pareja presidencial, mientras Alberto Fernández, cansado de tantos desplantes, ha dicho basta.
Nadie le podrá enrostrar a este curtido funcionario, que supo acompañar a Cavallo y a Duhalde y compartió boleta con Elena Cruz, falta de lealtad a los Kirchner. Quien fue en su momento "joven sobresaliente" junto a Beliz, Redrado y Julio Bocca anuncia que escribirá un libro sobre su paso por la función pública. A diferencia de Bocca, le tocó bailar con unas cuantas "feas" o feos que lo odiaban cordialmente, como Luisito D´Elía, con quien sin embargo tuvo una deferencia de último momento al firmar el nombramiento de dos de sus laderos en la fantasmal "Comisión de la Tierra Social".
Uno de los tantos servicios que Fernández prestó a la "corona" fue cuando, cumpliendo órdenes presidenciales, le anunció a Beliz que ya no pertenecía al gabinete. Fue la primera baja de un gobierno que entonces estaba en el pináculo de su popularidad. Beliz, tras desenmascarar a un agente de la SIDE en televisión, se hizo invisible. Redrado, por su parte, es un hombre de confianza del establishment y hasta ahora no ha sido demasiado azotado por los gélidos vientos sureños.
Con Fernández el gobierno pierde a una de sus espadas mediáticas, pero queda su homónimo, que sin llegar a los extremos de los cuchilleros de avería sabe asestar dosis recargadas de picardía criolla cuando se lo hace hablar.
Mientras tanto, la Presidenta practica cada vez con más entusiasmo el arte de gobernar frente a los espejos. El problema es que a veces los espejos deforman la realidad.
Nadie le podrá enrostrar a este curtido funcionario, que supo acompañar a Cavallo y a Duhalde y compartió boleta con Elena Cruz, falta de lealtad a los Kirchner. Quien fue en su momento "joven sobresaliente" junto a Beliz, Redrado y Julio Bocca anuncia que escribirá un libro sobre su paso por la función pública. A diferencia de Bocca, le tocó bailar con unas cuantas "feas" o feos que lo odiaban cordialmente, como Luisito D´Elía, con quien sin embargo tuvo una deferencia de último momento al firmar el nombramiento de dos de sus laderos en la fantasmal "Comisión de la Tierra Social".
Uno de los tantos servicios que Fernández prestó a la "corona" fue cuando, cumpliendo órdenes presidenciales, le anunció a Beliz que ya no pertenecía al gabinete. Fue la primera baja de un gobierno que entonces estaba en el pináculo de su popularidad. Beliz, tras desenmascarar a un agente de la SIDE en televisión, se hizo invisible. Redrado, por su parte, es un hombre de confianza del establishment y hasta ahora no ha sido demasiado azotado por los gélidos vientos sureños.
Con Fernández el gobierno pierde a una de sus espadas mediáticas, pero queda su homónimo, que sin llegar a los extremos de los cuchilleros de avería sabe asestar dosis recargadas de picardía criolla cuando se lo hace hablar.
Mientras tanto, la Presidenta practica cada vez con más entusiasmo el arte de gobernar frente a los espejos. El problema es que a veces los espejos deforman la realidad.
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jueves, 17 de julio de 2008
Votó por Grobo
Votó por Grobo, no con Botox.
Poco zonzo...
Contó, contó, solo son dos.
Ojo con Cholo... lo borro.
Por sol, cómodo gorro rojo.
Borocotó, forro como pocos.
Clon morocho... ¡Socorro!
Cosmos posmo... ¿Morocco? No, todo trolo...
¿Bolocco? No soporto, yo voto no.
Otro chorro. ¿Otro tongo?
No. ¡Osooo....!
¿Pozo loto con toco groso?
Poco pomposo.
Trozo oloroso. ¿Porro?
¡Ojo popó! No jodo...
Gordo glotón pollo tomó. ¡Mozooo!
¿Molotov? Por poco.
Monto roñoso, cobro todo moroso.
Frondoso dolo, sordo coloso.
Lobo sonó, pronto ronco: “¿Cómo?
¡Botón! ¿Sos tonto o loco?”.
Tronó, cortó. ¡Horror!
Doloroso costo. ¡Plop! Globo roto...
Cobos votó con honor.
¿Bobo? No... ¡Probo!
Poco zonzo...
Contó, contó, solo son dos.
Ojo con Cholo... lo borro.
Por sol, cómodo gorro rojo.
Borocotó, forro como pocos.
Clon morocho... ¡Socorro!
Cosmos posmo... ¿Morocco? No, todo trolo...
¿Bolocco? No soporto, yo voto no.
Otro chorro. ¿Otro tongo?
No. ¡Osooo....!
¿Pozo loto con toco groso?
Poco pomposo.
Trozo oloroso. ¿Porro?
¡Ojo popó! No jodo...
Gordo glotón pollo tomó. ¡Mozooo!
¿Molotov? Por poco.
Monto roñoso, cobro todo moroso.
Frondoso dolo, sordo coloso.
Lobo sonó, pronto ronco: “¿Cómo?
¡Botón! ¿Sos tonto o loco?”.
Tronó, cortó. ¡Horror!
Doloroso costo. ¡Plop! Globo roto...
Cobos votó con honor.
¿Bobo? No... ¡Probo!
lunes, 7 de julio de 2008
¿La Plaza tiene dueño?
Cuando Néstor Kirchner y sus adláteres temían que los cacerolazos en apoyo al reclamo agrario se hicieran sentir en la mítica Plaza de Mayo, D´Elía, Pérsico y sus huestes irrumpieron al grito de "La Plaza es nuestra, la p... que lo parió".
Años antes, cuando Hebe de Bonafini era una opositora intransigente a todo gobierno que no reivindicara la lucha de sus hijos y castigara efectivamente a los represores de los derechos humanos de los militantes políticos (que no son, por cierto, los únicos derechos humanos), el grito era "La Plaza es de las Madres y no de los cobardes".
Hoy por la tarde, los gimnastas de la agitación política quisieron hacer lo mismo que en el Congreso: plantar sus carpas en contra de los que, con distintos intereses, se manifiestan acerca de lo que se está decidiendo. Esta vez partió la orden de no dejarlos instalarse allí, en una muestra más de coherencia de este gobierno. Claro que al no empuñar simples cacerolas, la cosa no fue del todo fácil para estos "luchadores sociales", como les gusta definirse. No fueron los grupos de choque leales a los Kirchner los que los sacaron de la Plaza, pero se dieron el gusto de incendiar un patrullero y un vehículo del Gobierno de la Ciudad. Hasta ahora no se sabe qué dijeron del episodio Macri, Aníbal Fernández y D´Elía.
Mañana los organizadores de esta frustrada irrupción a la Plaza prometieron salir a la calle para "repudiar la represión". Tal vez no pase mucho más que lo que hoy sucedió, pero si fuese algo más el Gobierno tendría otro motivo para preocuparse, cuando todavía no se cerró el episodio por las retenciones móviles.
Años antes, cuando Hebe de Bonafini era una opositora intransigente a todo gobierno que no reivindicara la lucha de sus hijos y castigara efectivamente a los represores de los derechos humanos de los militantes políticos (que no son, por cierto, los únicos derechos humanos), el grito era "La Plaza es de las Madres y no de los cobardes".
Hoy por la tarde, los gimnastas de la agitación política quisieron hacer lo mismo que en el Congreso: plantar sus carpas en contra de los que, con distintos intereses, se manifiestan acerca de lo que se está decidiendo. Esta vez partió la orden de no dejarlos instalarse allí, en una muestra más de coherencia de este gobierno. Claro que al no empuñar simples cacerolas, la cosa no fue del todo fácil para estos "luchadores sociales", como les gusta definirse. No fueron los grupos de choque leales a los Kirchner los que los sacaron de la Plaza, pero se dieron el gusto de incendiar un patrullero y un vehículo del Gobierno de la Ciudad. Hasta ahora no se sabe qué dijeron del episodio Macri, Aníbal Fernández y D´Elía.
Mañana los organizadores de esta frustrada irrupción a la Plaza prometieron salir a la calle para "repudiar la represión". Tal vez no pase mucho más que lo que hoy sucedió, pero si fuese algo más el Gobierno tendría otro motivo para preocuparse, cuando todavía no se cerró el episodio por las retenciones móviles.
domingo, 29 de junio de 2008
Competencia desleal
La plaza del Congreso exhibe un aspecto que dista del habitual, con las carpas de los adictos al gobierno en primer plano, y en la retaguardia las carpas de los militantes de la causa agropecuaria con aditamentos de grupos de izquierda, como la Corriente Clasista y Combativa, el FTV disidente y el MST de Vilma Ripoll.
En la tragicomedia política argentina ambos sectores desempeñan un curioso papel: aunque pretenden tratar asuntos más serios que las sentencias de "Bailando por un sueño", no dejan de ser competencia desleal a los cómicos teatrales o televisivos. Hoy Enrique Pinti debe extremar sus esfuerzos por hacer risibles sus libretos, y Gasalla apenas asoma como invitado de Susana Giménez.
Cierto es que Capusotto tiene su público, pero su humor absurdo suele ser una barrera para paladares no demasiado exquisitos.
De aquellos viejos cómicos de los programas televisivos de hace unas décadas quedan muy pocos. Uno de ellos, que nunca fue primera figura sino un eficaz acompañante, nos dejó la semana pasada. Me refiero a Vicente La Russa, cuyo "Preso" fue un vivo ejemplo de grotesco. En vida no mereció demasiados reportajes, pero en alguna necrológica se destacaba que tenía condiciones para cantar óperas y hasta llegó a compartir en alguno de esos programas un dúo con Plácido Domingo. También era un aficionado a la pintura.
Quizás los que le dieron trabajo durante años no se ocuparon demasiado por darle un lugar más destacado en sus programas, pero su talento para el grotesco mereció mejor suerte. Los acampantes del Congreso, a su modo, también le rindieron homenaje.
En la tragicomedia política argentina ambos sectores desempeñan un curioso papel: aunque pretenden tratar asuntos más serios que las sentencias de "Bailando por un sueño", no dejan de ser competencia desleal a los cómicos teatrales o televisivos. Hoy Enrique Pinti debe extremar sus esfuerzos por hacer risibles sus libretos, y Gasalla apenas asoma como invitado de Susana Giménez.
Cierto es que Capusotto tiene su público, pero su humor absurdo suele ser una barrera para paladares no demasiado exquisitos.
De aquellos viejos cómicos de los programas televisivos de hace unas décadas quedan muy pocos. Uno de ellos, que nunca fue primera figura sino un eficaz acompañante, nos dejó la semana pasada. Me refiero a Vicente La Russa, cuyo "Preso" fue un vivo ejemplo de grotesco. En vida no mereció demasiados reportajes, pero en alguna necrológica se destacaba que tenía condiciones para cantar óperas y hasta llegó a compartir en alguno de esos programas un dúo con Plácido Domingo. También era un aficionado a la pintura.
Quizás los que le dieron trabajo durante años no se ocuparon demasiado por darle un lugar más destacado en sus programas, pero su talento para el grotesco mereció mejor suerte. Los acampantes del Congreso, a su modo, también le rindieron homenaje.
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